Ciudad de México, abril de 2026.
Una cámara de bebé captó lo que se convertiría en uno de los casos más impactantes del año. El 15 de abril, en un departamento de Polanco, la joven Carolina Flores Gómez fue asesinada con 12 disparos presuntamente por su suegra, tras una visita que parecía cotidiana.
El crimen no solo estremeció por su brutalidad, sino por el nivel de evidencia: audio, video, testimonio directo y una presunta autora plenamente identificada que, hasta ahora, permanece prófuga.
Un crimen documentado
La mañana del 15 de abril transcurría con normalidad. Carolina, de 27 años, exreina de belleza y madre de una bebé de ocho meses, se encontraba en su hogar junto a su esposo y su suegra, Erika María Guadalupe Herrera Coriand.
Minutos después de una conversación aparentemente tranquila, Carolina se levantó para buscar un objeto. Su suegra la siguió.
Lo que ocurrió después quedó registrado en audio: 12 detonaciones consecutivas.
La necropsia confirmó seis disparos en la cabeza y seis en el tórax. Un ataque directo, sin posibilidad de defensa.
Un viaje con un solo propósito
De acuerdo con la investigación, Erika Herrera, de 63 años, habría viajado desde Ensenada hasta la capital del país, recorriendo casi 3,000 kilómetros durante varios días.
El trayecto incluyó múltiples estados y paradas estratégicas, lo que para las autoridades sugiere premeditación.
La mujer no era una desconocida: en el pasado tuvo actividad política local y formó parte de órganos electorales, lo que refuerza la hipótesis de que contaba con recursos y contactos.
Una relación marcada por el conflicto
Testimonios de amigas y familiares indican que la relación entre Carolina y su suegra estaba deteriorada desde el embarazo.
Se reportaron constantes episodios de violencia psicológica: comentarios humillantes, control sobre decisiones familiares y una actitud posesiva hacia su hijo, Alejandro Sánchez Herrera.
Una frase captada tras el crimen resume la dinámica: “Tú eres mío. Ella no”.
Para especialistas, este tipo de expresiones refleja patrones de control extremo y celos patológicos dentro del entorno familiar.
La huida y las dudas
Tras el ataque, la presunta agresora abandonó el lugar en taxi y desapareció.
Lo que ha generado mayor controversia es la reacción de Alejandro Sánchez Herrera. Permaneció más de 24 horas en el departamento con el cuerpo de su esposa y su bebé sin notificar a las autoridades.
Su explicación: proteger a su hija.
Sin embargo, colectivos y expertos cuestionan esa versión y han planteado la posibilidad de encubrimiento por omisión.
Hasta ahora, la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México no ha presentado cargos en su contra.
Investigación y retrasos
El caso fue inicialmente registrado como homicidio doloso, pero posteriormente reclasificado como feminicidio.
La orden de aprehensión contra Erika Herrera se emitió el 23 de abril, ocho días después del crimen. Para entonces, ya había desaparecido.
Se activó una alerta migratoria y se desplegó una búsqueda nacional, incluyendo revisión de cámaras, registros hoteleros y movimientos financieros.
Sin resultados hasta el momento.
Indignación social
El asesinato provocó protestas en distintas ciudades. Colectivos feministas exigieron justicia y cuestionaron la lentitud de las autoridades.
La madre de la víctima, Reina Gómez Molina, ha encabezado los llamados públicos para que la sospechosa se entregue.
“Estamos buscando justicia”, declaró.
Más allá del caso
El feminicidio de Carolina Flores ha abierto un debate incómodo: la violencia de género dentro del núcleo familiar.
Lejos de tratarse de un hecho aislado, el caso evidencia que el peligro no siempre proviene de desconocidos o parejas, sino también de relaciones familiares marcadas por control, celos y abuso emocional.
Un caso abierto
A más de una semana del crimen, la principal sospechosa sigue prófuga, no hay detenidos y persisten dudas sobre posibles responsabilidades adicionales.
Mientras tanto, una bebé crece sin su madre y una familia espera respuestas.
El caso de Carolina Flores no solo exige justicia penal, sino también una revisión profunda de cómo se detecta, previene y atiende la violencia dentro de las familias.
Porque, como han señalado colectivos, cuando el peligro viene desde dentro, las señales suelen ignorarse hasta que es demasiado tarde.






